Ahora que estoy haciendo un verdadero esfuerzo por corregir mis hábitos de sueño, programé mi despertador para las siete de la mañana. Sin embargo desperté a eso de las seis y media, no al tan odiado sonido de mi reloj despertador, sino a lo que asumí era un serrucho. ¿Qué clase de vecino inconciente se atreve a serruchar a placer a esa infernal hora de la mañana? Intenté volver a dormir, pero no podía obviar el hecho de que el sonido no era aquel que se escucha al otro lado de una pared, sino que sucedía dentro de mi departamento. Me levanté a averiguar y mientras caminaba buscando el origen del sonido, éste se detuvo. Me quedé estático esperando que reiniciara. Después de unos segundos el serruchar regresó y me quedó claro que venía de la sala. No había yo dado dos pasos cuando el sonido se detuvo de nuevo. Era evidente que el inconciente intruso se detenía al escuchar mis pasos. Abrí las cortinas para revisar el pequeño patio al que da la ventana de la sala. Como ya lo esperaba, no había nada ni nadie fuera. Sonreí pensando que tendría que tratarse del ladrón más estúpido del mundo para elegir como herramienta un serrucho antes que un martillo u piedra para romper el cristal de la ventana. Me acerqué para divisar todo el patio en busca de un vecino al que le pudiera recordar a su dear mother por despertarme de esa manera. Gracias a un prominente agujero en el talón de mi calceta derecha, sentí una textura extraña en la planta del pié. Era aserrín. Hice uso de mi infalible instinto detectivesco reforzado por mi jetlag y la desmañanada para deducir que las marcas de dientes en la ventila de madera que cubría el radiador no podrían ser más que obra de ratones. Cubrí los agujeros más avanzados con una tabla y salí a comprar una trampa para ratones, tenían que ser ratones. Regresé a casa, abrí cuidadosamente la ventila por la parte de arriba para no dejar escape al o a los pequeños intrusos. Me llevaría una gran sorpresa al descubrir que el autor de los decorativos orificios no era ni pequeño ni un intruso.
Cerré la ventila, coloqué al frente la pequeña trampa que no podría ser siquiera un David para ese Goliat y llamé a control de pestes. Simplemente no había una trampa de esas dimensiones en la tienda y seamos sinceros… nadie quiere meterse con un animal de ese tamaño.
- ¿Tiene atrapado al ratón?
- Rata. Está atrapada, no puede escapar. Ya lo habría hecho.
- Que sea rata es poco probable. ¿Podemos alcanzar al ratón donde se encuentra?
- Rata. Sí, créame que eso no será problema.
- Estaremos con usted en media hora.
En menos de veinte minutos llegó el encargado de domar a la bestia. Le mostré el lugar donde estaba atrapada la rata. – Ratón - ¡RATA!
- Ya no está atrapada, seguramente escapó por debajo de la ventila.
- No creo que quepa por ahí, le digo que es un animal de buen tamaño.
- Veamos pues.
Abrió la ventila de la misma manera en la que la abrí yo, sólo que armado con guantes, una extensión estilo Animal Planet y una jaula. Después de 4.7 nanosegundos cerró la ventila.
- Ok, es una rata. Necesito una jaula más grande. Ahora vuelvo.
En cuanto salió ese hombre robusto de más de 1.90 m. de estatura solté la carcajada recordando la famosa frase de la película Jaws: “We’re gonna need a bigger boat”. Regresó cargando una jaula digna de su adversario.
- ¿Tiene usted compañero de cuarto?
- No, soy sólo yo.
- ¿Alguién más tiene acceso a su departamento? ¿Alguién que quisiera jugarle una broma pesada?
- No, nadie.
- Pero dice que lleva usted viviendo aquí cerca de dos meses.
- Así es. ¿Qué tiene que ver eso?
- Uno, que esto es una rata doméstica; dos, que un animal de ese tamaño no tiene como entrar ni salir. Así que alguien lo tendría que haber encerrado ahí.
- Pues no ha hecho ruido alguno en el tiempo que he estado aquí y como puede ver mi escritorio está justo al lado de la ventila.
- Hay personas más sensibles al sonido que otras.
- Soy músico.
- Pues que extraño. Además, esta ventila está llena de veneno para ratones. Quien lo haya dejado aquí lo quiso dejar muerto.
- Muerta. – Corregí.
- ¿Cómo sabe el sexo?
- Porque la nombre Cuca, y Cuca es nombre de hembra. – Sonreí.
Tomó su extención animalplanetesca y su jaula. Cerré las puertas para que en caso de que mi hasta ahora desconocida inquilina escapara de las manos de su captor, por lo menos quedara confinada a la sala. Esto no fue necesario, antes de que me diera la vuelta Cuca ya estaba encerrada en la jaula. La pobre estaba en los huesos, era claro que decidió intentar escapar porque se moría de hambre. Imagino el tamaño que ha de haber tenido hace dos meses, si es que tiene ese tamaño en estado famélico. Cuca había puesto una buena pelea, hasta alcanzó a soltar un poderoso chisguete de orina en el pantalón de su captor.
Más tarde ese día hablando con mi arrendador, llegamos a la conclusión que los inquilinos anteriores, quienes habían dejado el departamento mucho antes de la terminación de su contrato debido a una pelea que terminó con su matrimonio, la habían dejado ahí para morir atrapada en la pared. La crueldad de la gente, me cae.
En fin, esa es la historia del día que conocí a la inquilina que compartía conmigo ese departamento. A esa rata blanca tan grande “le puse Cuca”. Descance en paz.
Cerré la ventila, coloqué al frente la pequeña trampa que no podría ser siquiera un David para ese Goliat y llamé a control de pestes. Simplemente no había una trampa de esas dimensiones en la tienda y seamos sinceros… nadie quiere meterse con un animal de ese tamaño.
- ¿Tiene atrapado al ratón?
- Rata. Está atrapada, no puede escapar. Ya lo habría hecho.
- Que sea rata es poco probable. ¿Podemos alcanzar al ratón donde se encuentra?
- Rata. Sí, créame que eso no será problema.
- Estaremos con usted en media hora.
En menos de veinte minutos llegó el encargado de domar a la bestia. Le mostré el lugar donde estaba atrapada la rata. – Ratón - ¡RATA!
- Ya no está atrapada, seguramente escapó por debajo de la ventila.
- No creo que quepa por ahí, le digo que es un animal de buen tamaño.
- Veamos pues.
Abrió la ventila de la misma manera en la que la abrí yo, sólo que armado con guantes, una extensión estilo Animal Planet y una jaula. Después de 4.7 nanosegundos cerró la ventila.
- Ok, es una rata. Necesito una jaula más grande. Ahora vuelvo.
En cuanto salió ese hombre robusto de más de 1.90 m. de estatura solté la carcajada recordando la famosa frase de la película Jaws: “We’re gonna need a bigger boat”. Regresó cargando una jaula digna de su adversario.
- ¿Tiene usted compañero de cuarto?
- No, soy sólo yo.
- ¿Alguién más tiene acceso a su departamento? ¿Alguién que quisiera jugarle una broma pesada?
- No, nadie.
- Pero dice que lleva usted viviendo aquí cerca de dos meses.
- Así es. ¿Qué tiene que ver eso?
- Uno, que esto es una rata doméstica; dos, que un animal de ese tamaño no tiene como entrar ni salir. Así que alguien lo tendría que haber encerrado ahí.
- Pues no ha hecho ruido alguno en el tiempo que he estado aquí y como puede ver mi escritorio está justo al lado de la ventila.
- Hay personas más sensibles al sonido que otras.
- Soy músico.
- Pues que extraño. Además, esta ventila está llena de veneno para ratones. Quien lo haya dejado aquí lo quiso dejar muerto.
- Muerta. – Corregí.
- ¿Cómo sabe el sexo?
- Porque la nombre Cuca, y Cuca es nombre de hembra. – Sonreí.
Tomó su extención animalplanetesca y su jaula. Cerré las puertas para que en caso de que mi hasta ahora desconocida inquilina escapara de las manos de su captor, por lo menos quedara confinada a la sala. Esto no fue necesario, antes de que me diera la vuelta Cuca ya estaba encerrada en la jaula. La pobre estaba en los huesos, era claro que decidió intentar escapar porque se moría de hambre. Imagino el tamaño que ha de haber tenido hace dos meses, si es que tiene ese tamaño en estado famélico. Cuca había puesto una buena pelea, hasta alcanzó a soltar un poderoso chisguete de orina en el pantalón de su captor.
Más tarde ese día hablando con mi arrendador, llegamos a la conclusión que los inquilinos anteriores, quienes habían dejado el departamento mucho antes de la terminación de su contrato debido a una pelea que terminó con su matrimonio, la habían dejado ahí para morir atrapada en la pared. La crueldad de la gente, me cae.
En fin, esa es la historia del día que conocí a la inquilina que compartía conmigo ese departamento. A esa rata blanca tan grande “le puse Cuca”. Descance en paz.
Londres, Inglaterra

Andres, me cague de la risa de tu historia, eres musico o escritor???
ReplyDeleteMUY BUENA!! ojala no tengas otra "inquilina" por ahi y la verdad, pues si, la crueldad de la gente aveces o casi siempre es inexplicable.
Espero todo bien, Vero
JAJAJAJAJA Y como pudiste dejar que se la llevaran!! Pobre Cuca la hubieras adoptado...
ReplyDeleteUn sonido de procedencia incierta en medio de la noche es una de las cosas más intrigantes que le pueden pasar a uno.
ReplyDeleteSaludos colegas
Tú relato es fabuloso. Puedo imaginar las teorías que hiciste minuto a minuto antes de saber que era una rata.
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